Ramón Rodríguez

Comencé a hacer yoga aconsejado por un médico, como alternativa a una medicación probablemente muy larga o incluso permanente. Empecé en el Gimnasio Victoria hace cerca de tres años, y no conozco otro centro, ni otros profesores que Óscar Montero y algunos profesores que eventualmente le han sustituido, unos pocos días al año. Con sesenta años, una época muy larga de inactividad física y mucho trabajo sedentario, me tomé inicialmente las clases como una obligación terapéutica. Poco a poco fui entendiendo un poco más el método, ayudado por las “teóricas” que intercala el profe en algunas clases. Sin poner un interés fanático excesivo, he preferido entender lo que era el yoga practicándolo con regularidad. Ahora es un hábito más. Por escoger algún beneficio, entre otros, diría que me ha aportado tranquilidad y capacidad de concentración, junto a una indudable mejoría física, que no ha parado de progresar lenta e imperceptiblemente en este periodo. Tengo que destacar la calidad del sitio, (el confort, el silencio), el buen ambiente creado por el profesor y por el tipo de gente que acude, y la sensación de atención personalizada a cada uno de nosotros. En estos tres años he visto también la evolución del enfoque de lo que hacemos. Todo parece lo mismo, pero hay progreso y siempre algo nuevo. Tenemos que agradecer al “maestro” su competencia, su interés y su regularidad.

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